Octubre ya vino
Me he pasado el verano diciendo que ya vendría octubre, y octubre ya vino. Es lunes, estoy sentado en el único bar abierto de esta parte de la villa y tengo mi mesa, mi silla y el resto de la terraza para mí, porque no hay nadie más. El bar de al lado no ha abierto y tiene guardadas dentro sus mesas y sus sillas. Lo que no había previsto es que el pueblo vacío que llevaba meses esperando fuera también un pueblo cerrado.
Lunes y martes son los días en que más locales descansan, y es lo justo; quien trabaja sábados y domingos tiene que parar en algún momento, y ese momento no puede ser el sábado, porque el sábado es de los que vienen de fuera a pasar aquí su tiempo libre. De modo que el pueblo se ha ordenado solo: el fin de semana, para los que vienen de fuera; el lunes, para recuperarse de ellos; el resto de la semana, para que lo disfrutemos los que vivimos aquí, si podemos. Nadie lo decidió, que es como suelen imponerse las costumbres que acaban mandando más que cualquier ordenanza. Ni siquiera se anuncia: unos cuelgan un cartel de «cerrado por descanso» y otros bajan la persiana sin explicar nada. A veces no sé si está cerrado por descanso, o porque se les ha hecho tarde o se han dormido y no han llegado todavía para abrir. El de la persiana bajada que tengo al lado no ha puesto cartel, así que voy a observar qué pasa en la próxima media hora.
Mientras tanto, el hueco que deja la terraza ausente revela que ese espacio existe y es de la gente. Cuando las sillas y mesas lo ocupan, impiden el paso normal a los transeúntes, sobre todo a los que van en silla de ruedas o con un carro de la compra; pero hoy, sin ellas, se ve para qué sirve tener la calle despejada. En el casco antiguo no hay aceras, de manera que la calle es de todos, que en agosto quiere decir de las terrazas. Ahora, una señora con un carro la recorre en línea recta, sin tener que sortear a nadie y con la tranquilidad de quien recupera algo que nunca dejó de ser suyo, hasta que llega a mi mesa y me levanto para dejarla pasar. No me gusta que las terrazas ocupen espacio público, pero yo también las utilizo; la diferencia, me digo, es que yo me levanto, que es la clase de diferencia que solo le parece importante a quien la hace.
Al llegar octubre esperaba paz, y he encontrado otra cosa. Algo de paz, sí, pero también de aburrimiento. En agosto lo que sentía no me deja en buen lugar. Veía a los que vienen de fuera pisotear mi arcadia feliz y me molestaba como si fuera mía, aunque lo único que tengo de ella es el empadronamiento. Debajo de eso hay algo más sencillo, que es la envidia. También a mí me gustaría disfrutar de un mes sin preocupaciones en algún lugar de playa, yendo a comer y a cenar todos los días a sitios distintos. No me escuece lo que hacen, sino que no lo puedo hacer yo, y la prueba es que este verano también he vivido de ellos: el «piso» de arriba lo alquilé en agosto a una familia con niños pequeños que se levantaban a las ocho y lo anunciaban por toda la escalera. Me quejé poco. Cobré por adelantado y me arreglaron el mes.
Lo que me fastidia, en el fondo, no es que venga gente, sino que el pueblo haya aceptado organizarse alrededor de quien no vive en él sin discutirlo. Y también me molesta que a nadie más le moleste. A lo mejor el raro soy yo, y es probable, porque si el turismo desapareciera de golpe tampoco estaría contento; lo sé porque hoy, que apenas queda nadie de fuera, no lo estoy. Quiero que todos los bares estén abiertos y con gente, pero quiero poder tener una mesa en cualquiera de ellos cuando vaya, sin agobios, sin aglomeraciones, sin tener que esperar. Es decir, busco un pueblo que no existe, hecho a mi medida, como los que salen en los folletos, con la diferencia de que los de los folletos abren los lunes. Ha pasado la media hora, el bar de la persiana bajada sigue sin abrir y pido la cuenta. Ya vendrá octubre.
Llegó a Villaviciosa de niño y lleva aquí más de cuarenta años, que en un pueblo no siempre bastan para dejar de ser «el de fuera». Se pasa el verano esperando octubre.
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