Desconectar
Un martes de agosto, doce y media, cola del supermercado. Un hombre con las gafas de sol en la frente y una barra de pan en la mano se coloca delante de mí con la sonrisa tranquila de quien no ha visto la cola, o de quien ha querido ver a un grupo de gente sin prisa puesta en fila por casualidad. Le digo que estoy yo. Se disculpa sin ningún apuro; él está de vacaciones y había dado por hecho que yo también.
Sobre ese malentendido funciona casi todo lo demás. La web de turismo del Principado presenta Asturias como un destino «perfecto para desconectar del mundo», y quien llega entiende que el mundo del que se desconecta incluye a los que vivimos aquí; que el pueblo entero se ha desenchufado con él y lo espera en zapatillas. No es así, claro. Para que uno desconecte, alguien tiene que seguir conectado a la caja, a la cocina, al teléfono del taller; la desconexión es un producto como cualquier otro, y como cualquier otro producto tiene detrás a gente trabajando, que es justo lo que no sale en la foto porque la estropea. De ahí nace la segunda creencia, más cómoda todavía: si los demás no estamos de vacaciones, será porque estamos aquí para servirlos.
La misma web recomienda dejar que el viaje se desarrolle «a su ritmo», y el visitante lo lee como una cláusula del contrato: el ritmo es el suyo y el lugar se amolda. Por eso le indigna que el taller donde dejó el coche cierre por vacaciones, como si el mecánico tuviera la obligación de no tenerlas precisamente cuando las tiene él. Por eso baja a la plaza con botas de montaña y pantalón de cremalleras, porque no ha venido a un pueblo sino al campo, y el campo, en su cabeza, empieza donde se acaba su ciudad. El pueblo pasa a ser un decorado rural, y quien vive en él, parte del atrezo; el atrezo, por definición, no se va de vacaciones.
Luego está el dinero. Quien viene deja algo, y de ese algo deduce que todos vivimos de él y que le debemos, además del servicio, gratitud; como si el concejo hubiera pasado el invierno con la persiana a medio subir, esperando a que alguien llegara a salvarlo con un menú del día. Una parte del concejo vive del turismo, es verdad, y otra no. La que sí vive de él cobra por lo que hace, que es exactamente lo contrario de deber un favor.
Ya conté que este verano alquilé el piso de arriba, así que no voy a hacerme el ofendido. Yo también vivo un poco de ellos, y me alegro cada vez que consigo sacarles unos cuartos a los turistas alquilándoles un cuchitril, que en las fotos del anuncio parece bastante más grande de lo que es. Me alegro, sí; lo que no hago es darles las gracias por venir. Ellos pagan por desconectar y yo cobro por seguir conectado, que es el único trato honrado que conozco en todo este negocio.
En octubre se van, y el pueblo, por fin, desconecta un poco: el taller cierra cuando le parece, la cola del supermercado se respeta sola y nadie cruza la plaza vestido para coronar una cima. Es lo más parecido a unas vacaciones que tenemos los de aquí, y tiene la ventaja de que no hay que pagarlas. El inconveniente, para qué negarlo, es que los días se hacen un poco largos.
Fuentes
Turismo Asturias (Principado de Asturias), «Slow travel en Asturias, una forma de desconexión total en la naturaleza», 5 de noviembre de 2024, consultada el 18 de octubre de 2026. https://www.turismoasturias.es/-/blogs/slow-travel-asturias-desconexion-total-naturaleza
Llegó a Villaviciosa de niño y lleva aquí más de cuarenta años, que en un pueblo no siempre bastan para dejar de ser «el de fuera». Se pasa el verano esperando octubre.
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