La pared que no veo
La vecina que guarda la llave de la iglesia sabe que se edificó sobre un templo anterior, y antes de abrir me señala la zona en la que se podría conservar parte de la fachada primitiva, pero a simple vista no se aprecia. Me acerco hasta casi rozar el muro y paso la mano por la piedra, de arriba abajo, despacio, como quien busca un interruptor a oscuras en una casa que no conoce. No veo nada: ni una junta distinta, ni un cambio en el aparejo (la forma en que se colocan las piedras unas sobre otras), ni una línea que no debiera estar ahí. Ella espera detrás de mí, sin prisa, con la llave en la mano.
Conocía esta iglesia por los libros (la planta, las fechas, alguna fotografía en blanco y negro), pero los libros no dicen lo lejos que queda de todo ni lo que cuesta llegar. Se llega por una carretera estrecha, con más curvas de las que caben en tan pocos kilómetros y con indicaciones que aparecen cuando una ya se ha pasado el cruce. Al principio me pareció extraño que tuviera que pedirle la llave a una vecina, pero allí mismo me di cuenta del motivo. En aldeas como esta nadie atiende la iglesia de forma permanente. Hay unas pocas casas y una señora que guarda la llave, abre cuando puede y acompaña a quien viene, porque la llave no se presta: no sale de sus manos.
En la puerta me pregunta: «¿De quién yes?». Le contesto que no soy de aquí, que es la respuesta más corta que tengo y también la más cierta. No le basta, y quiere saber de dónde. Se lo digo, y entonces abre.
Dentro no me explica estilos ni siglos, que es lo que yo habría explicado. Me cuenta que el edificio y su entorno sufrieron daños de diversa importancia a lo largo del siglo pasado, y que varias donaciones anónimas y aportaciones vecinales consiguieron que se restauraran como es debido. Me enseña la bombilla que cambió ella misma, un desconchón que pintó el invierno pasado y otro que todavía no ha podido arreglar. Se refiere a la iglesia como a una casa de la que una responde, y en cierto modo lo es. Yo la escucho con la paciencia de quien ya se sabe las fechas, y la veo más como una conserje listilla que como una guía. Sabe lo que le pasó a este edificio después de que lo terminaran, que es justo lo que no cuentan los libros que yo he leído.
Mientras damos la vuelta por dentro se queja, sin levantar la voz, de que nadie reconoce lo que hace y de que las administraciones se olvidan de ella. Dice también algo que debe de haber dicho muchas veces: que el día que no pueda abrir, la iglesia se morirá con ella. No lo creo, o no del todo: el edificio seguiría en pie y lo que cambiaría es la visita. La llave pasaría a otras manos y habría que juntar grupos con día y hora, los sábados por la mañana, por ejemplo. No me imagino guiando ese grupo de los sábados (aspiro a otras cosas, que no vienen al caso).
Ella lo hace gratis y yo cobro por explicar piedras, y no me incomoda, porque no hacemos exactamente lo mismo: yo cuento lo que dicen los libros y ella cuenta lo que le ha pasado a su iglesia. Las dos tenemos vocación, con una diferencia que no es pequeña. A mí no me ata a una sola iglesia ni el cariño ni la obligación. Podría trabajar en casi cualquier cosa que tenga que ver con el turismo, y ella no podría dejar de abrir esta puerta aunque quisiera.
Antes de irme vuelvo al muro. Ella me señala otra vez el sitio, a la altura de los ojos, con la seguridad de quien lo ha visto toda la vida (o de quien lo ha oído contar toda la vida). Paso la mano de nuevo y sigue sin aparecer nada. No digo que no esté, digo que yo no lo veo, y eso no es lo mismo. Bajando por la carretera de las curvas ya llevo una lista de lo que tengo que buscar: quién ha estudiado esta iglesia, si se ha excavado alguna vez alrededor, si queda algún dibujo del edificio anterior. Ella ya habrá cerrado, y la llave estará otra vez en su casa.
Llegó al concejo hace dos veranos para trabajar de guía y decidió quedarse. Sabe más de sus iglesias que casi nadie y menos de su vida que casi todos.
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